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  • La Comarca Segoviana del Duratón

    La Comarca Segoviana del Duratón

    Soñé con verdes praderas, con lejanos horizontes, con pequeñas carreteras; con caballos galopando y un manada de bisontes atravesando el río. Soñé. Y este fin de semana quise hacerlo realidad.

    De la mano de la Asociación Española de Mototurismo (AEMOTUR) nos vamos en busca de sensaciones y experiencias a la comarca segoviana del Duratón. Ese lugar de paredes rocosas que parecen cortadas a cuchillo, y de llanos cubiertos de sabinas y enebros. Espacios vigilados por los buitres leonados que surcan el cielo. Los alrededores del Parque Natural, cerca de Cantalejo, se extienden por los arenales entre pinos y lagunas. Tierra de tejones y zorros, y hoy también de lobos. Allí vuelan las águilas, los halcones y los milanos; y esa ave depredadora que tanto me gusta: el azor. A diferencia de las otras, es capaz de volar persiguiendo su presa a través del bosque cerca del suelo sorteando los árboles, en vez de lanzarse desde la altura. Como iremos nosotros con las motos en busca de nuestro destino.

    Pero la historia de nuestra ruta de mototurismo comienza mucho antes, a primera hora de la mañana.

    A través de la pequeña carretera del puerto de Navafría, con una temperatura bajo cero y la carretera rodeada por nieve, alcanzamos el primer hito de nuestro camino. Es la Cueva de Los Enebralejos, en Prádena. Una cueva en la que el guía nos explica que debemos entrar en silencio y recorrer con cuidado para no romper estalactitas ni estalagmitas. Fue necrópolis en la época calcárea. En ella podemos ver pinturas rupestres del año 2500 aC.

    Seguimos. Por delante tenemos una buena jornada; serpenteante entre cañones y choperas, castillos como el de Castilnovo, villas castellanas como la de Sepúlveda e iglesias como la de Perorrubio o Sacramenia. Apenas disponemos de tiempo para disfrutar de una rubia fría y sin alcohol.

    Nos espera la leña ardiendo en el camping Hoces del Duratón, en Cantalejo. Allí unos compañeros asan las chuletillas y demás viandas, otros parten el queso y otros sirven el vino. Y, todos juntos, disfrutamos de la mesa y de la riquísima sopa castellana que nos ha preparado la cocinera del bar de Naturaltur.

    Por fin llega la tarde. Es momento de atravesar los pinares, de dejar atrás las lagunas y de alcanzar la Finca de Los Porretales. Nos recibe José Tovar con un afectuoso  saludo. Nos montamos en su camión militar y nos conduce despacito a través de la finca. Nos cuenta sus anécdotas y nos habla de las especies autóctonas del lugar cuyo hábitat poco a poco ha restaurado. Efectivamente, -al margen de garzas, cigüeñas negras y otros animales-, aquí están los caballos galopando por la pradera; y la manada de bisontes desplazándose de un lugar a otro cruzando el río.

    Atardece. El sol está a punto de caer. Con la noche nos alcanzará el frío. Debemos irnos. Nos despedimos con la promesa de volver a disfrutar de nuevo de una experiencia que sólo aquí se puede encontrar.

    Nota: especial agradecimiento a José Tovar. También a Naturaltur y a Posada del Duratón.

  • La comarca del Alberche

    La comarca del Alberche

    Atravesamos la pequeña localidad abulense de Marrupe. Hacía frío. El sol dominaba un cielo azul, limpio tras el mes lluvioso que llevamos. Tras callejear, la estrecha vía se convierte en una pista embarrada. No tiene sentido mantener la iniciativa de comer nuestro picnic en el embalse de Marrupe. Alguna de las monturas terminará en el suelo. Es necesario replanificar.

    Hasta ahí llegamos tras una preciosa mañana de moto. Es diciembre y, como cada mes, nos juntamos en la ruta que organiza la Asociación Española de Mototurismo (AEMOTUR). En este caso, el capitán de ruta es nuestro secretario Edu; y el destino, seguir las proximidades del río Alberche por las provincias de Toledo y Ávila.

    Cafecito y churros, al más puro estilo madrileño, en el punto de encuentro de Sevilla la Nueva. Poco a poco nos vamos saludando los aemotures en el bar La Nueva. A la hora en punto partimos. No prevemos circular con mucha gente el domingo veintidós de diciembre.

    La Comunidad de Madrid nos muestra sus encantos paisajísticos y artísticos. Nos detenemos en Villa Del Prado para contemplar los frescos de la Iglesia de Santiago Apóstol; espectaculares. Y los dragones que se hallan en la clave de los arcos que separan el cuerpo de la Iglesia del ábside con el altar. También la zona del órgano con su entreplanta reclama nuestra atención. Los relieves son increíbles. Y en el exterior: la típica plaza de pueblo tradicional madrileño, con sus soportales y su ventanales enmarcados en madera verde. Todos pensamos lo mismo: ¡qué bonito y qué desconocido!

    Seguimos ruta. Poco a poco nos introducimos en la provincia toledana. El castillo mudéjar de Escalona fue primero castillo romano. Y posteriormente tomado por Alfonso VI de Castilla. Hoy se encuentra en estado ruinoso, aunque visitable. El río Alberche desborda caudal y esplendor. La panorámica tras el puente es, quizá, el mejor sitio para deleitarse mirando la fortaleza.

    El paisaje se cierra. La carretera serpentea. Disfrutamos con la moto ratoneando mientras atravesamos la zona serrana. Se aproxima la hora de comer. En Castillo Bayuela algunos se encargan del avituallamiento; otros no podemos resistir fotografiar el verraco y el toro vetones que encontramos a nuestro paso en una pequeña plaza. También el rollo jurisdiccional del que dicen “es el más bonito de la provincia de Toledo”. Desde luego, a mi me gustó.

    Por San Roman de los Montes nos adentramos en la provincia de Ávila. El terreno verde desborda agua y los pequeños arroyos invaden la carretera a nuestro paso. Así llegamos a Marrupe buscando el mejor lugar para comer.

    Tras nuestros frustrado intento de llegar a la presa del embalse por la pista embarrada, nos quedamos a las afueras del pueblo. En un rincón junto a un puente de piedra que nos sirve de mesa, y que permite al arroyo Marrupejo correr libre bajo nuestros pies. Compartimos las viandas. Compartimos las anécdotas. Y compartimos también nuestros planes para las Navidades. La verdad es que me gusta el ambiente que se genera en los picnics.

    Sin demasiada demora ponemos rumbo a Casillas, en la sierra de Gredos. No nos dejamos el último cafecito del día en habitual bar motero de La Iglesuela. Pero queremos sentir el atardecer desde el Castañar de Casillas; así que no perdemos tiempo. Como este otoño ha sido largo, se ha mantenido ese ambiente mágico propiciado por el entramado de luces que traspasan las ramas de los árboles. La alfombra ocre de hojas caídas es testigo de la estación en la que nos encontramos. Maravilloso. Sin duda, es un lugar de visita obligatoria sin separarnos demasiado de casa.

    Aquí nos despedimos. Esta ha sido la última ruta del año. Un buen año de amistad y kilómetros dentro de la familia AEMOTUR.

  • Tierras altas de Soria

    Tierras altas de Soria

    Hace 225 millones de años los dinosaurios corrían libres por las tierras del Alto Arlanza. La Sierra de los Picos de Urbión en su falda Sur generaba el microclima adecuado para su supervivencia, una zona en la que abundaba la vida, el agua, los bosques y las praderas. Y, consecuentemente, los animales.

    Antes de que llegue el invierno hemos puesto rumbo a estas tierras, en busca de lo que hoy queda de ellos: las icnitas. Las huellas de los dinosaurios impresas en la piedra.

    A ninguno de los 32 compañeros de aemotur que hacemos la salida nos importa el frío, ni los días cortos, ni la cantidad de kilómetros que hemos programado en esta ruta que es la tercera entrega de nuestra saga de rutas sorianas, y que hemos llamado El Torrezno.

    Al amanecer arrancamos los motores y ponemos rumbo a Soria a través de Guadalajara. A bajocero y por las pequeñas carreteras de la provincia, los kilómetros se suceden. Nos juntamos en Atienza, en el pequeño bar de la plaza; es nuestra tradición cuando subimos por allí. Echamos mano de los primeros torreznos para entrar en calor y permitimos que el grupo se junte. Seguimos. Soria espera.

    En la altiplanicie de esta provincia agreste y despoblada dominan castillos como el de Gormaz o el de Berlanga del Duero; pequeñas ermitas singulares, como la de San Baudelio; y ríos pequeños y no tan pequeños, que son cruzados por antiguos puentes de piedra que esta vez sobrepasamos nosotros.

    Los tupidos bosques que esconden el embalse de la Cuerda del Pozo hacen de frontera natural con el río Duero, en una zona más alta que la que inspiró a nuestro poeta Machado. En Duruelo cruzamos a la otra orilla, y por Salduero y Covaleda buscamos la pequeña carretera que nos introduce en los Picos de Urbión. Es la vía por la que alcanzamos el Mirador de Castroviejo. Esta carretera me seduce. Continuos rincones expresan romanticismo. Aún la alfombra ocre se resiste a la llegada del invierno, y estrechos cauces de agua serpentean por las laderas creando cascadas improvisadas. A unos 7 kilómetros, una vez pasada la desviación que nos llevaría al lado riojano, alcanzamos la pequeña pradera en la que se encuentra el Mirador de Castroviejo. Sin duda, merece la pena bajarse de la moto; caminar hasta las grandes piedras y subir las escaleras. La vista es espectacular. Se domina toda la comarca. El día soleado, aunque frío, nos acompaña.

    La mañana avanza y aún nos quedan unos kilómetros para Regumiel. Allí sabemos que se hallan las icnitas. Al llegar imaginamos los dinosaurios a partir de una réplica construida en cartón piedra; y nos divertimos. Vemos sus huellas. Inevitablemente nos comparamos con quiqnes habitaron la tierra hace 225 millones de años. Hemos alcanzado nuestro objetivo de la ruta. Respiramos satisfechos el aire puro de la zona. Estamos felices, lejos de nuestras preocupaciones personales cotidianas.

    Es zona de necrópolis. Todas valen la pena, pero como el tiempo es limitado optamos por conocer la de Quintanar de la Sierra, del siglo IX. Las tumbas se encuentran en forma de nido excavadas en las piedras más grandes, a lo alto y con vistas sobre el sur. Me llama la atención los huecos pequeños, probablemente de niños. Es preciso dejar las motos aparcadas y caminar un poco. La cultura bien lo compensa.

    Por una pista forestal volvemos a Quintanar. En sus afueras el Restaurante Arlanza nos ofrece su comida con un buen precio y una buena atención. Dejo el lugar apuntado para nuevas incursiones que haré seguro. 

    No demoramos la sobremesa. Alrededor de las seis atardecerá y nos esperan casi doscientos kilómetros hasta casa. Tengo un antojo: ver el atardecer desde el mirador del Cañón del Río Lobos. El curso del río asciende hacia el oeste, defendido por la cohorte de chopos pelados. El sol comienza a esconderse en lontananza. Misión cumplida. Un estampa preciosa.

    En Buitrago nos despedimos los que tenemos menos prisa. Una buena jornada de mototurismo. Seguimos conociendo España con la Asociación Española de Mototurismo.

  • Clvnia Sulpicia, la ciudad romana de Burgos

    Clvnia Sulpicia, la ciudad romana de Burgos

    Octubre. Los mototuristas celebramos nuestra fiesta especial: la llegada del otoño. Festival de colores y de aromas a través de las zonas rurales de España que recorremos. Nos levantamos la visera para oler el campo, para no perjudicar los colores, para sentir que estamos vivos. Para disfrutar. Cada uno, eso sí, a nuestra manera.

    La mía, la nuestra, la de aemotur (Asociación Española de Mototurismo) es fomentando el turismo en moto por las zonas más escondidas de España, a través de una inmersión cultural en su arte, su paisaje, su gastronomía y su historia. Por eso hemos escogido como destino la que fue una de las ciudades romanas con vocación de gran ciudad; pero que, sin embargo, a la que las escaramuzas y las contiendas de los visigodos impidieron un florecimiento acorde a su planificación. El tamaño del foro, de la zona comercial y, sobre todo, de las termas nos permiten intuir el tamaño e influencia que se había previsto. Su asentamiento, sobre los restos arévacos de la Cluniaq, lo inició Tiberio en el 14-37 d.C. Y terminaría alrededor del siglo V d.C. Llena de curiosidades está la historia de la Colonia Clunia Sulpicia. Destaca -entre otras cosas- por ser la cuidad en la que se refugio Supicio Galva de Nerón cuando éste pidió asesinarlo. Ya fallecido, Galva viajó a Roma para converirse en César. Es por este personaje por lo que Clunia recibió el nombre de “Sulpicia”. Sin duda, vale la pena dedicarle el tiempo necesario para pasearla acompañado de un guía que permita empaparse en la historia.

    Pero hasta aquí no llegamos directos. Las pequeñas carreteras nos atraen, y salimos en búsqueda de otros escondidos tesoros. En Maderuelo, junto a las Hoces del Río Riaza, pedimos la apertura de la Ermita templaria de la Vera Cruz. De la misma escuela bizantina que la de San Baudelio, su exterior le permite pasar desapercibida. Pero el interior nos deja ojipláticos. Espectacular. La visita nos la ofrece Rafael, el encargado de las visitas teatralizadas a la población. Con él aprendemos, disfrutamos y, como no, nos reímos un rato.

    La siguiente parada, todo lo efímera que permite la degustación de un tentempié improvisado de torreznos, es en Castillejo de Robledo. Cuando subimos a conocer los restos del castillo templario, nos encontramos abierta la pequeña ermita de la Asunción. Quizá un regalo del destino por ser buenos motoviajeros. Sí, si vienes por esta zona, no puedes dejar de hablar con el Ayuntamiento para que te permita la visita. Esta es la villa en la que, si hacemos caso al Cantar del Mío Cid, fueron ultrajadas las infantas de Carrión.

    Salimos de Clunia. Vamos bien de tiempo. Sin prisa llegamos a Peñaranda de Duero, donde Oscar Salaberri en su Posada Ducal nos recibirá para que recuperemos fuerzas alrededor de algo que también es cultura española: un buen asado en una buena mesa. Un hito para los fieles al “turismo gastronómico”. Con él inauguramos el otoño. No nos falta de nada, y Oscar desborda un cariño hacia el grupo que hace que se nos quiten las ganas de partir hacia casa, con el frío y la lluvia que nos espera por el camino. Antes de comer visitamos el castillo y la plaza. Y contemplamos el Palacio de los Avellaneda. La Oficina de Turismo vuelve a ser nuestra amiga y nos ayuda a gestionar el permiso municipal para que podamos aparcar las motos en zona peatonal. Una zona privilegiada de la localidad. Por un rato, nuestras motos se funden con la riqueza de la localidad histórica. Eso sí, nuestros caballos son de metal.

    La borrasca y, sobre todo el viento, rompen el grupo de vuelta a casa. Se hace difícil el paso y la bajada de Somosierra y la Cabrera. El fuerte viento empuja las motos de lado a lado y cada adelantamiento es un reto peligroso. En determinados tramos, apenas podemos pasar de 70 kms/h. Pero, como siempre, antes de la cena estamos todos en casa sanos y salvos pensando en cuándo será la siguiente y en que hoy no solo hemos montado en moto, sino que hemos conocido parte de la historia antigua de España. Nuestro agradecimiento a la Rafa Dedi, a la Oficina de Turismo de Maderuelo y a la de Peñaranda de Duero. También al Ayuntamiento de Peñaranda de Duero. También a Antonio “Komandante” (que nos acompaña con Patricia) y a Nacho Albisu -ambos del MC Picnic- por venir con nosotros.

  • Escapada por el Montseny y la Garrotxa

    Escapada por el Montseny y la Garrotxa

    Viviendo en Madrid, las cuatro provincias que conforman las esquinas de nuestra piel de toro son las más alejadas. Nos resulta imposible aplicar la fórmula “voy de paso” o “hoy llego tarde a casa, cariño”. Otras muchas ventajas tenemos, pero esa no. Por eso este verano he querido aprovechar mi estancia en la provincia de Barcelona para explorar este territorio.

    No es mucho tiempo el que podría disponer, pero lo suficiente para sumergirme en un entorno que hace tiempo perseguía: el Montseny. Concretamente, recorrí El Vallés, La Selva y La Garrotxa; entrando desde El Maresme.

    El Maresme es franja de tierra cubierta de frondoso bosque mediterráneo que, junto con El Vallés, esconde muchos secretos alrededor de sus perdidas masías y algún que otro monasterio. Las pequeñas carreteras y vías de tierra son imprescindibles para poder entender la zona y conocerla a fondo. Imprescindible la Sierra de Montnegre y el dolmen de Pedra Genil; interesantes, muchas más cosas.

    Tras un infructuoso intento frustrado por las tormentas de verano propias de esta zona, nos dirigimos a Sant Celoni para acceder por este lugar a la entrada del Parque Natural del Montseny. Es la localidad de Campins quien nos da la bienvenida, que además ofrece cariñosos establecimientos para hacer una pequeña parada y tomar verdaderamente el inicio de la ruta. La carretera se vuelve pequeña; más de lo que era. Serpentea. Asciende rápido. A la derecha se asoma un paisaje de colinas más bajas cubiertas de pino mediterráneo. Sigo subiendo.  La altura comienza a ser considerable, y el paisaje rocoso despierta. Incluso alguna sensación de vértigo me viene a acompañar; la carretera se asienta en el perfil de la montaña. Cuando parece que va a estrellarse contra la propia pared, un pequeño túnel excavado en la roca me permite el paso. Las débiles nubes de la mañana ya han desaparecido. El paisaje desde los tramos elevados es espectacular.

    Comienza la bajada y me adentro en la comarca de La Selva. El entorno cambia. La misma pequeñísima carretera pero con otro envoltorio: un bosque mucho más húmedo y más cerrado. Quizá los ríos que discurren por el fondo del acantilado tengan la culpa. Me sorprende y me gusta cómo es un cambio de paisaje tan radical en tan pocos kilómetros. Subí por la ladera Sur, bajo por la ladera norte. A mi camino me encuentro con algunos grupos de motoristas. Al ver a los de las clásicas me digo “seguro que voy bien, éstos tienen que conocer la zona a fondo”. No me equivoco.

    El reloj pasa mucho más rápido que los kilómetros. Debo asegurar el llenado del depósito de moto, porque no creo que en mis próximos cien kilómetros vaya a encontrar un lugar en el que repostar. Y el de mi estómago también. Mientras cargo el combustible localizo una masía familiar, ya en La Garrotxa. No queda mucho para que cierre la cocina, así que no me demoro. De lo que no me había dado cuenta es de que para llegar a ella debería recorrer un largo tramo de pista. Recupero fuerzas en una preciosa masía del siglo XVI acompañado por la amabilidad de Josep, su dueño. Vive allí con su familia y atiende el restaurante para los viajeros.

    A través de campos de maíz y pequeñas aldeas de piedra decoradas con flores en las ventanas tomo de nuevo la carretera. Me dirijo Rupit. Precioso. Es un pueblo mágico en el que debe ser encantador descansar un par de días para disfrutar de la zona con calma. Pero no tengo tiempo; debo seguir. Salgo por el Sur, por una pista asfaltada que serpentea hacia el embalse de Susqueda. No sin antes desviarme hacia el Salt de Sallent, un salto de agua que en primavera debe ser espectacular. Se trata de recomendaciones que un compañero me dirige por Facebook. Así de solidaria es nuestra comunidad de moteros. Como no podía ser de otra manera, no falló en la recomendación. Es -quizá- lo más bonito del día, aunque es una decisión difícil.

    La tarde avanza. El sol se dispone a caer en su rutina diaria. Pero el verano nos regala alguna hora más. La suave temperatura de esta fase del año acompañada del sol aproximándose a la línea del horizonte siempre me ha trasladado una sensación de tranquilidad difícil de describir. Lo disfruto. Tranquilo, al ritmo del bicilíndrico de Milwaukee, vuelvo a casa.

    Espero repetir con los amigos de AEMOTUR (Asociación Española de Mototurismo) e invitarles a recorrer esta misma tierra mágica que hoy he podido disfrutar yo.

  • II Tintan AEMOTUR (Asociación Española de Mototurismo) para conocer la Comunidad de Madrid

    Llegó el momento de una ruta que se ha convertido en una clásica anual de AEMOTUR (Asociación Española de Mototurismo). Pese a su juventud, lo atractivo de esta actividad ha permitido que se convierta en una de las preferidas de los asociados mototuristas.

    Tenía mi equipo formado. Buenos amigos, grandes moteros, compañeros en los que confiar: Marijose, Agus e Irene (aunque la primera finalmente no pudo acompañarnos). Al margen del nuestro, se formaron otros seis equipos más; como siempre, unos veinte mototuristas dispuestos a superar el reto de conocer a fondo las maravillas y secretos desconocidos del gran Madrid, como referimos a la Comunidad Autónoma.

    Treinta y seis waypoints, como puntos de interés repartidos por toda comunidad. Algunos próximos y otros muy lejanos bordeando el perímetro. La estrategia de cada equipo sería la que definiría la ruta a seguir, cumpliendo el requisito de recorrer un mínimo de 20. El objetivo, conseguir la máxima puntuación teniendo en cuenta que los waypoints se repartían entre cuatro categorías. El único punto común para todos sería el restaurante de la cena, en el que deberíamos estar antes de las nueve. El Restaurante de la Real Hípica de Griñón.

    Quedamos pronto, pese a que la noche anterior trasnoché. El reto estaba asegurado; sabíamos que no sería fácil. Nuestra elección fue comenzar desde el Sur hacia el Este recorriendo todos y cada uno de los puntos remarcados. Es una zona por la que transitamos menos y quería aprovechar la ocasión para conocerlos.

    La Iglesia de San Andrés Apóstol en Cubas de la Sagra, la torre de Éboli en Pinto, el mar de Ontígola en Aranjuez, la increíble plaza mayor de Colmenar de Oreja y el Castillo de Casasola fueron nuestros primeros lugares recorridos. Al castillo no pudimos subir, porque se trata de una propiedad privada. Me quedé pensando en si la perspectiva norte sería más atractiva. No teníamos tiempo que perder, así que quedaría para otro viaje. Continuamos recorriendo la zona Sur hacia el Este para alcanzar el siguiente castillo: el de Fuentidueña de Tajo. Los siguientes pueblos ya los conocía, pero quería compartirlo con mi equipo: la Iglesia de la Asunción de Brea de Tajo y el monumento a los ojos. Siempre la misma pregunta: «quién y qué quiso expresar?». El calor no nos daba tregua, así que nuestro refugio fue Olmeda de las Fuentes, una villa particular de la Alcarria Madrileña. Su pequeño museo al aire libre en su entrada a la vera del río y la plaza bajo las casas blancas lo convierten en un pueblo especial. Recuperadas las fuerzas continuamos hasta la villa templaria de Santorcaz, presidida por la pequeña muralla, el castillo y la iglesia. Su lavadero histórico, a la salida del pueblo, tampoco es un punto a dejar pasar.

    La planificación se nos complicaba. El reloj corría demasiado deprisa y los kilómetros demasiado despacio. Decidimos por consenso prescindir de los puntos de paso más próximos a la capital y dirigirnos rumbo norte hacia el mirador del embalse del Atazar. Sabíamos que ya no podríamos optar a la mejor puntuación, pero priorizamos llegar a la hora al restaurante. Desde allí, tomaría la única pista legal que nos conduciría hasta casi Puebla de la Sierra. Con eso lográbamos atajar unos cuantos kilómetros. En esta población hay un parque al aire libre que vale la pena recorrer disfrutando de sus esculturas. Sólo pudimos tomar un pincho de tortilla y una cocacola. No había más tiempo. Eso sí, disfrutamos de la plaza de casitas de piedra de uno de los pueblos más bellos de la Sierra Norte.

    No había manera de controlar el reloj. Empezábamos a pensar que no alcanzaríamos el restaurante antes de las nueve, que era la hora máxima. Drásticamente y trabajando sobre la pantalla del gps, llegaron nuevas renuncias al plan inicial: no iríamos al molino harinero en las proximidades de La Hiruela. Éste lugar desde que lo conocí me ha parecido un lugar ideal para un picnic tranquilo en la pradera junto al río y el molino; para hacer una escapada tranquila. Pero no era el caso en el que nos encontrábamos ahora. La Sierra del Rincón es lo suficientemente entretenida como para dedicarnos a ella buscando el fortín de la Guardia Civil en Gandullas (accesible por una pista forestal), la Presa de Puentes Viejas y la necrópolis medieval de Sieteiglesias.

    El calor comenzaba a desaparecer, en contra del cansancio. Apenas nos dábamos tregua. La comarca de Lozoyuela nos dio la bienvenida y alcanzamos el Monasterio de El Paular. Retornando un poco, la frescura del puerto de la Morcuera nos ayudó a mantenernos activos. Nos deleitamos con la panorámica de la metrópoli.

    Otros puntos de interés singulares nos fueron sorprendiendo gracias a esta actividad organizada por la Asociación Española de Mototurismo. El puente de los once ojos de Soto del Real, el búnker de Hoyo de Miraflores y su cabina de libros. Cuántas veces hemos pasado por allí, y sin embargo no sabía de su existencia.

    Nuestra última parada fue la Torre del Pan, en Arroyomolinos.

    Justo, justo, entramos en el recinto de la Real Hípica de Griñón a las nueve de la noche. Cansados, pero satisfechos de la magnífica jornada de mototurismo que hemos pasado. Cada uno de los seis equipos tuvo su estrategia y sus visitas. Ahora sí podemos decir que conocemos mucho más nuestra preciosa Comunidad de Madrid.

    A partir de ese momento quedaríamos en manos del buen-hacer de Florian, uno de los socios del restaurante. Él se ocupó de recibirnos como merecíamos después de una “titánica” jornada de moto.

  • Gran Premio de Jerez como experiencia de mototurismo en Cádiz

    Gran Premio de Jerez como experiencia de mototurismo en Cádiz

    Una vez más en mayo llega moto gp en el circuito de Jerez. Una cita ineludible en el calendario. El año pasado estuve en Motorland, convirtiendo el campeonato de Aragón en un viaje a través de los Parques Naturales de Cuenca y las recónditas carreteras de Teruel; recorriendo incluso El Maestrazgo. Este año el objetivo lo puse en Jerez.

    Una llamada de la Junta de Andalucía dinamizó el plan. Andalucía es una Comunidad Autónoma que claramente ha apostado por el mototurismo, y que ofrece un escenario perfecto para nuestros viajes en moto. Era el momento de aprovechar el campeonato de Jerez para crear en una experiencia de mototurismo capaz de transformar al motoviajero, y que dejara una impronta única en su recuerdo.

    El día de trabajo no dio tregua, salí un poco más tarde de lo esperado. El objetivo era Cádiz. Concretamente el pueblo de Santi Petri, que aún no conocía. Llegué de madrugada, quizá algo cansado por el exceso de autopista poco habitual en mis viajes. “Mañana será otro día”, pensé. “Es hora de irse a dormir”.

    Amaneció un día espléndido. Quería saborear Cádiz, esa ciudad en la ribera del Atlántico. Y lo hice aprovechando la mañana para navegar por su bahía. Soplaba una brisa suave, el mar estaba amable y el velero se dejaba gobernar sin exigencia. El paso bajo el puente de la Constitución de 1812 me llamó la atención por sus enormes dimensiones. Las murallas y el Castillo de Santa Catalina que otrora defendieran la ciudad de piratas y corsarios, y que originarían una explosión de ilusión para los mercaderes y navegantes que venían de las américas buscando tierra me ofrecían una estampa única desde el mar. Rápido corrían las agujas del reloj. Cruzándome con pequeñas embarcaciones de madera que debían estar faenando, volví a Puerto Sherry. El sol y el mar habían despertado mis ganas de comer. Este puerto con nombre de licor (más bien al revés) desbordaba ambiente motero. Comer frente al mar, qué gran sensación para los que vivimos en el interior.

    La tarde la dediqué a pasear por la capital gaditana, dejando que unos profesionales me enseñaran cada rincón de la zona antigua. Desde el Callejón de los Negros, junto al puerto, hasta la catedral vieja; pasando por el arco bajo la muralla, la casa del mercader y la nueva catedral cutodiada por San Servando y San Germán. ¡Qué amables! ¡Qué divertidos! Que especiales los gaditanos. Gente que inspiró Cuba, porque no será Cadiz la que se parece a Cuba, sino viceversa.

    Por fin llegó el domingo. Era la inmersión en las carreras, el verdadero motivo de mi viaje por Andalucía. Era el momento de las emociones. Tras pasear por el paddock podía palpar la tensión en los equipos y las escuderías. Me cautivó completamente el ambiente. Estaba disfrutando; no podía estar mejor, porque además estaba rodeado de amigo como Luis Cabezas, Enrique Vera y Pedro Palomo.

    La tarde fue de descanso. De paseo por la playa de La Barrosa, al Sur de Santi Petri. De mojitos en la playa, mientras el sol se ponía sobre el mar y las gaviotas revoloteaban el cielo. Estaba asimilando poco a poco todas las sensaciones del fin de semana en esta tierra mágica.

    Cádiz me embrujó. Lo hizo tanto que retrasé la vuelta un par de días. Quise continuar disfrutando de ese aroma a salitre, de su viento que algunos critican, de su gastronomía del mar y de su gente amable. Si Andalucía te atrapa, Cádiz directamente te roba el corazón. Fueron dos días de nada y de todo. De sensaciones de mototurismo tranquilo.

    Atardecer en La Barrosa

    Con la misión cumplida por haber creado una auténtica experiencia personal de mototurismo desde el Campeonato de Moto GP de Jerez, volví a casa. El paisaje, el entorno, los lugares están siempre en su sitio; depende de nosotros utilizar todas las posibilidades para crear una experiencia única. En mi caso, es lo que hago en el mototurismo. Debe ser este mi elemento diferencial. Es la seña de identidad de la Asociación Española de Mototurismo, que conocemos cariñosamente con el acrónimo AEMOTUR.

    Nota: no puedo cerrar este artículo sin especial agradecimiento a la Junta de Andalucía y a Manuel, socio de Pinapark Eventos.

  • Parque Natural de Cabañeros

    Imagino en mi cabeza el mapa de España. Visualizo el epicentro de Madrid y las áreas que hemos recorrido desde AMEOTUR, nuestra querida Asociación Española de Mototurismo. Veo una que hace tiempo que no recorremos. Presenta una expresión de naturaleza única. Altas cumbres, verdes prados; pequeñas iglesias, antiguas civilizaciones; rebaños y gastronomía. Es la provincia de Toledo, en este caso con una corta entrada en Extremadura. Al margen del enclave multicultural de la urbe toledana, en la que se mezclaron civilizaciones, religiones y entramados sociales, Toledo asienta una de las más antiguas sierras y cunas de civilización. Son los Montes de Toledo. Es concretamente el Parque Natural de Cabañeros.

    Allá iremos, y nadie mejor que el socio de AEMOTUR Mariano Pedraza para planificar una ruta por allí. Gran conocedor de la zona, su propuesta es inmejorable. No se trata de una ruta por el Parque Natural de Cabañeros, sino de una auténtica inmersión en la zona.

    El sol aún no se había desperezado. Partimos hacia la sierra más antigua de la Península Ibérica. Tierra de historias y secretos. Tierra de cultura ancestral. Hoy bellos parajes protegidos.

    Javier Garmendia

    El sol aún no se había desperezado. Partimos hacia la sierra más antigua de la Península Ibérica. Tierra de historias y secretos. Tierra de cultura ancestral. Hoy bellos parajes protegidos. 

    A pesar de las bajas temperaturas, con el avance de la mañana el sol brilla y el azul domina el cielo. Los veinticinco moteros de AEMOTUR nos encontramos en Navalucillos. Pero antes, acorde a la libertad propia de nuestras salidas, algunos hemos querido poner el tiempo entre paréntesis para contemplar la estampa de las Barrancas del Burujón. El desvío es pequeño, la recompensa es grande. Camino del punto de encuentro circulamos junto al Tajo durante un tiempo. Leí que el río se cruzaba. Busqué la casa del barquero. Un tramo de pista nos llevó hasta allí. Efectivamente, una pequeña casa guardaba el cable a través del cual una barcaza de madera llevaba a los pasajeros de una orilla a otra. Un lugar de la historia local olvidado que recuperamos de nuevo.

    En el bar de la plaza de Navalucillos el café caliente nos reconforta. Anécdotas de la mañana endulza la conversación como el azúcar nuestras bebidas. Juntos todos seguimos ruta.

    Puertos como el de Robledo y el de Anchuras dejamos a nuestro paso; pequeñas carreteras y grandes paisajes. Solo cortas paradas para una fotografía fugaz aprovechando estampas evocadoras entre verde y azul; entre gris y marrón.

    Sin tiempo para el descanso el Centro de Visitantes nos sumerge en la realidad del Parque Natural. Un imprescindible que agradecemos al organizador de la ruta, porque sin detenernos aquí sería imposible entender la realidad de la comarca que estamos recorriendo.

    Más tiempo; nos haría falta más tiempo. Pero no tenemos. Casa Román espera con unos corderitos asados especialmente para el grupo de mototuristas, con sus asaduras y una buenas migas cocinadas al estilo de la tierra.

    Queremos ver el atardecer desde lo alto del puerto camino de San Pablo de los Montes. La dehesa al norte, al sur la planicie en la que podemos ver -al fondo- las Barrancas de Burujón que visitamos al comenzar el día. El sol cae despacio. La imagen se guarda en nuestro recuerdo mezclando nuestra visión actual y la realidad imaginada tras las historias que nos contaron en el Centro de Visitantes.

    Una experiencia más. Un poquito más vivos. Ya solo queda llegar a casa.

  • Soria, tierra de torreznos

    Soria, tierra de torreznos

    Pienso en una provincia de paisaje variado. Pienso en una provincia no lejana. Pienso en bosques y en piedras. Pienso en praderas. Pienso en pequeñas carreteras entre pueblos históricos. Pienso en habitantes duros y callados. Pienso en ganadería y gastronomía.

    Pienso que hace mucho tiempo que no ponemos nuestras agujas del gps apuntando a Soria. Esa que «ni te la imaginas». La de los pueblos deshabitados y los castillos defensivos en las lomas. La del repicar de campanas en días de niebla. La de las danzas celtíberas. La de Tierras Altas. Pienso: «Vámonos a Soria, la Tierra del Torrezno».

    Javier Garmendia

    Es invierno. Hará frío. ¿Qué más da? Nuestra equipación no es la de antes. Las bolsas de plástico en el interior de las botas y los periódicos debajo de la cazadora para proteger el pecho y cortar el frío han quedado en el recuerdo. AEMOTUR no deja la moto en el garaje esperando la primavera. Será una ruta de Luis, gran conocedor de esa zona. El se encarga de elaborar la ruta, obtener la información y escoger el lugar de la comida.

    Más de veinte calentamos nuestras manos alrededor de una taza de café de gasolinera a las ocho y media. Estamos a punto de salir. Llueve. Arrancamos.

    Juntos pero separados, independientes pero responsables, vamos disfrutando de lugares que no pueden dejarse de ver. Cogolludo, conocido por su plaza y su palacio ducal, que debe su origen sin embargo al castillo que se encuentra en la loma. Atienza, dominada por el castillo y fuertemente amurallada; con sus plazas soportaladas, su iglesia y su singular ayuntamiento junto al arco de Arrebatacapas. Gormaz, la fortaleza islámica más grande de Europa. Burgo de Osma, señorial y castellana; protegida también por su castillo. Su atalaya es un histórico símbolo del pasado bélico de esta tierra de frontera. Son muchos kilómetros desde que hemos partido, y ya hemos tenido ocasión de reforzar nuestro organismo con la primera degustación de torreznos. Los más aficionados a la fotografía inmortalizamos nuestra especial visión de estos lugares y otros muchos que hemos ido recorriendo.

    Seguimos hacia nuestro objetivo. Las tierras altas esperan. Una última parada merece ser paseada con tranquilidad. Nuestro concepto de mototurismo obliga a bajarnos de la moto cuando vale la pena. Y en este caso, con creces vale. Hemos llegado al cañón del Río Lobos. Tenemos solicitada la autorización para la visita a su ermita templaria. El paisaje es encantador, nunca mejor dicho. Percibimos su energía. Nos quedaríamos más tiempo, pero el restaurante espera. Aún resta un buen número de kilómetros para quitarnos el casco y relajarnos alrededor de las anécdotas de la mañana; y de la comida cuidada que nos espera.

    Recorremos la tierra de pinares que da acceso a Vinuesa. Junto al Duero -que aún mantiene un caudal joven y divertido- y a los pies de los Picos de Urbión y la Sierra Cebollera esta población muestra sus encantos. Su rollo jurisdiccional adjudicado por Carlos III, sus iglesias góticas y sus casas nobles se desperdigan por la localidad y nos invitan a una visita más tranquila.

    Al otro lado del embalse de la Cuerda del Pozo y subiendo el curso del río llegamos al destino. Es el punto más lejano de la ruta. Ahora sí. Agarrotados tras más de cuatrocientos kilómetros previos a la comida, reímos y descansamos alrededor de las mesas que ha preparado el Restaurante del Hotel Rural Cebollera en Valdeavellano de Tera.

    La vuelta es mucho más directa; no puede ser de otra forma. Estamos cansados. Tenemos frío. Nos detenemos en Almansa y allí nos despedimos. El atardecer cae sobre la plaza del Ayuntamiento y su pequeña iglesia. Una buena estampa para la última fotografía.